A veces, las dificultades por las que pasamos en nuestras vidas nos convierten en personas duras y que guardan sus sentimientos y emociones de los ojos mirones de los demás. Con caracteres aparentemente afables no mostramos más de lo que es socialmente esperable.
Pero qué pasa con nuestras motos? con ellas nos abrimos, con ellas nos dejamos llevar por las emociones. Con ellas sentimos las emociones más gratificantes y las más duras también. Tanto que a veces, esos sentimientos pasionales nos los grabamos hasta el alma.
Valentino Rossi dijo una vez… <<La moto non è solo un perro di ferro, anzi, penso che abbia un ánima perché è una cosa troppo bella per non avere un ánima>>
(La moto no es solo un perro de hierro, a veces pienso que tiene un alma, porque es una cosa demasiado bonita para no tener un alma).
¿Y qué moter@ no cree que pueda ser así? Las miramos aparcadas en nuestros garajes o delante de nosotros en las terrazas de los bares. O de reojo por la ventana de la oficina y pensamos en las cosas que vivimos con ellas.
Cada vez que pensamos en ellas les damos vida y las convertimos en esa cosa hermosa que según algunos tiene alma.
Un alma con la que conectamos. Con la que no tenemos miedo de ser como somos, de dejarnos sentir. Sabemos que en cuestión de milésimas de segundo podemos pasar de ser inmensamente felices y disfrutar de nuestra pasión al sufrimiento más absoluto si no a nuestro propio fin. Pero aún y así, las miramos con esa complicidad que solo las almas gemelas pueden sentir y pensamos… sea lo que sea… será contigo.
Es curioso, pero a veces es más fácil sentir eso que parece amor con nuestra máquina de dos ruedas que con cualquier semejante. ¿No os pasa?











