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Adicción a las motos

19/04/2012Redacción

Adicción a las motos 1“Si lo pruebas, no puedes dejarlo”. Esta frase, que parece hecha a medida para un amante de los videojuegos, el chocolate o cualquier otro tipo de pasión que cree adicción, me la dijo sin embargo mi mejor amigo una vez, cuando le pregunté por qué conducía él una moto. “Sentir las curvas, la aceleración, el viento en la cara cuando te levantas la visera, las frenadas… sentir que tienes el control… Engancha” me dijo. Yo, que también he llevado la mía, comparto punto por punto su afirmación… salvo la parte del “no puedes dejarlo”.

Antes de ser motera copiloto no comprendía muy bien a las personas que preferían dejar los mandos para ir en el asiento trasero, la verdad. Como Álex, mi mejor amigo, me preguntaba… ¿qué puede llevar a una mujer a dejar la emoción de conducir… para ir “plácidamente” sentada tras el piloto? (Lo de plácidamente es un decir, pero de eso hablaremos otro día). Luego, cuando llegaron los problemas económicos a mi vida (y sobre todo, cuatro gatos como cuatro soles que no puedo llevar en moto) y me vi obligada a escoger entre coche o moto, comprendí que hay muchas razones que pueden llevar a una persona a vivir la moto desde atrás. La mía fue principalmente económica, pero hay más.

Mi amiga Alicia también es motera copiloto. Ella aborrecía las motos (le daban miedo) hasta que conoció a Carles, su novio. Motero. De los de toda la vida. De los de moto sport muy similar a las de competición, rodada semanal, concentración a poder ser mensual y kilómetros. Muchos kilómetros entre pecho y espalda. En el primer mes ya le regaló el casco y Alicia, casi sin comerlo ni beberlo, se vio subida a una Yamaha R1 roja y empezó a amar las motos casi casi por encima de todas las cosas. ¿Lo de conducir? “Ni me lo he planteado nunca. No me veo. Así que le dejo hacer a él, que es el que sabe. Además así yo disfruto, a veces incluso hago fotos desde la moto. Y está muy bien”.

Las razones de mi amiga Clara son diferentes. Ella tuvo un accidente grave de moto con su hermano hace cinco años, yendo a los mandos. El miedo a la moto lo ha superado (ya vuelve a asistir a rutas de fin de semana y a viajar de forma normal, sin agarrarse con tanta fuerza a los estribos traseros como para descuajarlos, del miedo) pero el de ser ella quien conduce no. “Mi hermano y mi pareja han intentado que la vuelva a coger y yo también, de hecho cada vez me veo más cerca de poder hacerlo pero no es real. Cuando subo delante… me entra el escalofrío. Y no puedo”. Al menos, no de momento. Así que, Clara es motera copiloto… quizá circunstancial.

Y a veces, terminar siendo copiloto es simplemente una cuestión de organización. Eso nos cuentan Ruth y Blanca, una pareja de moteras que se conocieron en una concentración en Zaragoza hace tres años, que ambas conducían por aquel entonces y que han terminado turnándose el asiento trasero “para los viajes largos sobre todo y para acudir a algunas concentraciones” explica Ruth. “Conducir las dos está muy bien pero enseguida te das cuenta de que yendo en la misma moto, ahorras y además se hace menos pesado el viaje, vas más unida… Es más cómodo” completa Blanca.

Adicción a las motos 2

Pero… ¿quién pasa al asiento trasero? La cosa, al principio, estuvo tensa: “A mí me encanta conducir mi moto. Es así. Blanca es menos cabezota en este sentido, se adapta más pero yo… yo lo llevaba fatal” se ríe Ruth. Lo que hicieron fue “acordar que haríamos cada viaje con una moto y que cada una conduciría la suya”. Les costó adaptarse (“hubo alguna que otra bronca de las buenas” dice Blanca medio en broma, medio en serio) pero al final “lo llevamos bien y así descansamos una o la otra o nos turnamos a conducir, según donde vayamos”.

Otras veces la cosa no es tan idílica. Así nos lo cuenta Laura, quien tuvo que pasar al asiento trasero casi por imperativo categórico: “Mi marido y yo somos moteros de siempre. Hemos viajado con las dos motos toda la vida y aunque trabajamos en la misma empresa, íbamos cada uno con la nuestra, pero la crisis… nos ha obligado a dejar una en el garaje. Y él de los mandos no se baja, así que… atrás que me toca a mi”. Aunque le da pena no ser quien conduce, Laura asegura que también le ha encontrado cosas buenas a ser la copiloto. Pero de todos modos “en cuanto esta situación mejore… yo vuelvo delante” afirma.

Y vosotras… ¿Por qué viajáis en el asiento trasero? ¿Lo compartís con nosotras? Feliz jueves y ráfagas traseras para todas.

Mujeres Moteras