Mi amigo Evaristo es experto en encontrar diferencias. No sólo en el famoso juego que aparece en los pasatiempos de periódicos y revistas, sino en situaciones de la vida real. Por ejemplo, asegura que es capaz de adivinar sin verlo si un vino es blanco o es tinto, si una tortilla de patatas la ha hecho su mujer, su madre, su hermana, es de bolsa o del bar de toda la vida y, sobre todo, si un conductor de moto lo es habitualmente, si la coge solo los domingos y alguna salida en vacaciones o si la tiene por lo que pueda pasar pero le ha dado dos vueltas y media como mucho. Esto último, lo de diferenciar moteros, dice que es capaz de saberlo sólo viendo cómo trata la persona en cuestión la moto que tenga delante.
Lo que más me llama la atención de estas afirmaciones suyas es que también dice ser capaz de distinguir a un pasajero habitual de uno que no lo es sólo viéndole subirse a la moto. Quienes conocen a Evaristo afirman que falla en muy pocas ocasiones. Yo sólo le he visto analizar dos veces y ha acertado, así que me pregunto si seremos tan diferentes los pasajeros habituales de los esporádicos.
Siempre que hablamos de comportamientos de los copilotos solemos centrarnos en los habituales porque son quienes realmente comprenden la moto y saben ir en ella (de manera que nuestros aciertos y sobre todo nuestros fallos son más a tener en cuenta que los de alguien que va en el asiento trasero de una moto de manera esporádica o quizá sólo lo ha probado una vez en la vida). Hoy os propongo que nos contéis si se nota mucho la diferencia entre un copiloto habitual y uno que no lo es y, sobre todo, en qué se nota.
Vamos a tomar como punto de partida para nuestra recopilación de diferencias lo que me decía mi amigo Carlos tras el cabreo con su hermana de este fin de semana (uno de tantos). Mientras me juraba y perjuraba que era “la última vez que la llevo a ningún sitio” y yo sabía internamente que eso no iba a ser así (a ver quién se deja a un hermano en tierra cuando le hace falta que le hagas de chófer, aunque te saque de quicio), me fue enumerando lo que más le molesta de ella, que se sube a su moto una vez cada tres o cuatro meses y cuando no tiene más remedio porque le han fallado todos los medios de transporte alternativos.
“Me pone enfermo ya empezando por el casco, que no hay manera de que se olvide del ‘calimero’ y se ponga una cosa como Dios manda” me decía. Carlos, que tiene doce años de experiencia en moto y otros tantos en llevar gente en el asiento trasero, asegura que “cualquier persona que vaya habitualmente en moto sabe que lo mejor es ponerse un casco integral, de los de verdad, no un quitamultas. Bueno pues mi hermana no. No le da la gana ponerse el que llevo yo de repuesto. Ella tiene que ir con el suyo, que no le aplasta el pelo”.
También le exaspera su manera de subirse a la moto que tiene su hermana (ya hablamos de esto en el post ‘El Kamasutra del copiloto‘, en el que os explicaba las formas extrañas de abordar el asiento trasero de una moto las personas que no están demasiado acostumbradas a viajar así o que cambian de tipo de moto, aunque en este último caso, si tienes mucha experiencia viajando como pasajero sólo te cuesta aprender a subir una o dos veces). “Es en lo que más se nota si una persona ha subido alguna vez en moto o no. Algunos parece que están echando el lazo a una res salvaje. Mi hermana es de ésas. Poco menos que te agarra del cuello para subirse” se quejaba.
Además de malabarismos varios para acomodarse en el asiento trasero, según mi amiga Paloma (conductora) también se nota mucho la inexperiencia de un pasajero “en la cantidad de veces que se acaba quemando con el tubo de escape, o haciéndose daño cuando se sujeta porque piensa que se va a caer en cualquier momento, o con las piernas agarrotadas por haber ido apretando el asiento como si se tratara del lomo de un caballo salvaje” enumera medio en broma, medio en serio. Yo, que recuerdo perfectamente las primeras veces de viajar en moto como pasajera (cuando aún ni siquiera había llevado moto propia, o sea, virgen total), puedo dar testimonio de que me pasaron las tres cosas (y más de una vez).
La diferencia más patente (y también la que más molesta a la conducción y pone en riesgo la seguridad de ambos) entre un pasajero con experiencia y uno sin ella o con muy poca, se da una vez en marcha, cuando encontramos curvas en la carretera. “Ahí es donde enseguida te das cuenta de que la persona que llevas contigo de viajar en moto poco, porque siempre suelen inclinarse hacia al lado contrario de la curva, supongo que para no caerse o pensando que hacen contrapeso o vete tú a saber, yo ya no me acuerdo de por qué lo hacía cuando empecé a ir en moto porque tendría unos doce años. Ni siquiera recuerdo en realidad si hacía eso, pero teniendo en cuenta que todas las personas a las que he llevado de forma esporádica y no tenían mucha experiencia de ir en moto lo hacen, me imagino que yo lo haría en su momento también” cuenta Evaristo, con treinta y seis años de moto a sus espaldas.
Dice Evaristo que “cuando el pasajero deja de inclinarse al revés en una curva, se le puede considerar pasajero con experiencia”.
Vosotros ¿qué pensáis? ¿Cuáles son las diferencias fundamentales entre un pasajero con experiencia y uno sin ella? ¿Es fácil identificarlos una vez se suben a la moto? De todas las diferencias ¿cuál es la que más os molesta y por qué? Y la última: ¿Cuándo se puede considerar que un pasajero deja de ser novato? Nos leemos en dos semanas.
Ráfagas traseras










