A algunos nos apasionan las R. A otros les vuelve locos el petardeo de las harleys. Otros se desviven por recorrer caminos, bosques, ríos y cualquier cosa que implique tierra o barro. Da igual que tipo de moto sea, más grande o más pequeña. Con más motor o menos. Para circuito o carretera…
Pero… a todos nos encantan las motos.
¿Por qué?
¿Qué tienen ellas que nos vuelve locos? Que nos hace aguantar frío, calor, dolor de espalda, muñecas o rodillas. Que hace que en las lesiones más duras solo pensemos en volver con ellas…
La sensación de libertad, el aire, el paisaje, la concentración que para y elimina de nuestra mente los problemas, las tensiones o cualquier otro pensamiento que no sea el trazar una curva tras otra.
Quizás sea una mezcla de adrenalina y endorfinas lo que provoca que nos volvamos adictos a nuestra propia pasión. Dicen los expertos que la segregación de estas hormonas produce sensaciones que crean adicción así que cuanto más tiempo pasamos con nuestras motos más adictos nos volvemos a ellas.
La euforia de un fin de semana soleado en el que nuestro plan del día es salir con amigos a desayunar a cualquier bar de cualquier carretera nos alegra todo un fin de semana. Sin embargo, los días de lluvia y mal tiempo son un mirar constante por la ventana con caras tristes y aburridas.
Hoy, jueves gris y lluvioso no paro de girarme en mi silla y mirar por la ventana mientras pienso… ¿lloverá el fin de semana? A ver si para ya… y sale el sol para salir a jugar con las motos. Quiero sentir cómo la felicidad se mete en mi cuerpo aunque solo sea por un rato. Levantar la cabeza mirando al sol y pensar… qué día tan fantástico que estoy pasando, con mi moto y mis amigos.
No hay mejor pasión en este mundo que aquella que te hace ser feliz.










