Si hay una palabra que define con exactitud a Mercedes Silvestre es Vitalidad. Así, con mayúsulas. Con más de siete décadas a sus espaldas, Mercedes es la viva imagen de la juventud. Con sus arrugas (en honor a la verdad diré que pocas), sus años, sus achaques eso es cierto. Ella misma nos cuenta que lleva unos meses casi en el dique seco por culpa de sus meniscos. Pero eso son pequeños detalles en comparación con la vida que rebosa, que irradia.
Hablar con Mercedes Silvestre, madre del aventurero Miquel Silvestre, es como entrar en una habitación a oscuras en la que, de repente, brilla un faro. Un faro de moto, por supuesto. Y es que esta mujer que es todo un ejemplo de envejecimiento activo y de que la vida no se termina cuando aparecen las primeras canas (ni mucho menos cuando se siguen extendiendo por el cuero cabelludo) es, además, una amante de las motos.
Pero una amante de las motos muy especial porque lo es desde el asiento trasero. Esta semana os traigo a las Ráfagas Traseras a una mujer que ha sido copiloto toda su vida, desde que el casco no era obligatorio y podía simplemente cubrirse con un pañuelo, como en las películas de los años cincuenta, hasta hoy. Una mujer capaz de viajar hasta Nepal sólo para hacer unos kilómetros de copiloto con su hijo.
Una mujer capaz de transmitir una pasión absoluta, pura y verdadera por las motos… aunque no haya conducido una jamás.
Espero que os guste. Desde aquí queremos dar las gracias a Mercedes por hacernos un hueco en su agenda (que siempre está llena, tantas son las cosas que hace entre trabajar y disfrutar), por habernos atendido con tanto cariño y, sobre todo, por transmitir de esa manera su pasión por las motos.
Nos leemos en dos semanas.
Ráfagas traseras.










